REGRESAR (poema)
En la hoja del pasaporte apoyo un deseo.
En el marco de la puerta descanso la esperanza.
Un paso después cuelgo la intemperie
en el perchero.
Está lleno de ilusiones el diccionario en otra lengua
y el vuelo comienza después de abrochar el cinturón.
Tu sombra está extendida a lo largo de la tierra.
El pájaro vuela sobre tu sonrisa de sol.
Tus dientes son nubes y las manos
con la forma de un cuenco reciben mis besos…
Los pies tuyos son veloces linces
que despeinan tus cabellos simples.
Mi pesadilla entra en medio de la turbulencia.
El encuentro es posible con nuestros apetitos
carnales y huraños pero en la realidad...
En el avión de alma desgastada y papel
llevo desnudo estos únicos deseos suburbanos
y homicidas.
El vuelo es eterno.
No hay pista a la vista
no hay vista que la encuentre y no hay encuentro
que se vea posible.
Será posible el acercamiento
cuando el avión llegue
y se quiten los trapos sucios
que le tapan la visión a nuestro amor.
Cuando uno de los dos abra la puerta
y ambos limpiemos las almas
las hélices pararán su movimiento
y ya no habrá cuentos, mentiras,
trampas y cosas ocultas capaces de cegarnos.
Me fui con el invierno en los botones y
en las espaldas de las ropas pero eso ya pasó.
Pasan normalmente los segundos en los pantanos
y en estos lugares
los meses pasaron con una fantástica duración.
No había fronteras en nuestra forma de amarnos
hasta que se levantaron los muros
con las manecillas de los relojes y se interpuso
un océano azul entre tú y yo.
Ahora vuelo. Ya es el primero de los pasos.
Falta que levantes tu sombra de la tierra,
sacudas la arena de las sandalias y me apapaches.
Hazlo
y no demores
tiempo en culparme.
Fue el clima árido de las maldiciones
el que preparó la mochila que dejé en la lluvia.
Fue la humedad que compró un pasaje de ida
y arrastró mis zapatos
hasta el avión de pompas de jabón.
Los motores de susurros me lanzaron fuera
de tus ojos de almendras y rocío de néctar.
Vuelvo cuando encuentre la pista y
si no lo hago
me perderé en ese mismo océano
que me vio bajar los brazos y dejarme arrastrar
hasta lo más alto del lecho marino
Jorge Stteger Bongoâ